El rincón de Jesús y Mariví

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El Barrio de Oma

En la parte oriental del término municipal está el barrio de Oma, en el fondo de una hoya endorreica rodeada de montes.

 

 

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Caminando hacia Basondo donde se encuentra el aparcamiento de coches junnto a las Cuevas de Santimamiñe y el restaurante con su jardín de Lezika.

 

 

Llegamos al restaurante caserío de Lezika.

  

De aquí sale el camino hacia el bosque pintado de Oma. Hasta llegar al bosque hay que recorrer cerca de 4 km

   

 

Bosque Pintado

Realizado a mediados de la década de 1980 por el artista basauritarra Agustín Ibarrola, trata de utilizar un bosque de pino insignis como lienzo para una original obra denominada “el bosque pintado”. Las pinturas son compartidas por árboles que se sitúan en diferentes marcos espaciales, dotando a cada bloque temático de una profundidad y movimiento diferente. El bosque permite la participación de los visitantes al ser este quien, según su posición, crea o destruya las escenas. Esta obra convierte figuras realizadas sobre tres dimensiones en lienzos unidimensionales, siempre y cuando el visitante se sitúes en el lugar adecuado. El bosque ocupa cerca de 5ha y se sitúa en la ladera norte del monte Basobarri en su descenso hacia el núcleo de Oma

 

A primera vista las pinturas no nos dicen nada, sólo es cuando nos ponemos en cierta posición, indicada por las flechas del suelo, y ya podemos ver el dibujo formado por la unión de varios troncos de árboles.  El bosque de Oma tiene un total de 47 figuras pintadas que puedes seguir en el mapa del recorrido.

Este primer dibujo se denomina la "Invitación al beso". El bosque nos da la bienvenida con un beso, la muestra más sencilla y pura de afecto. Cuando nos desplazamos vemos como los totems del bosque se besan y nos invitan al beso. El bosque, un lugar mágico, donde las imágenes aparecen y desaparecen, donde el artista nos sorprende una y otra vez, donde los árboles hablan y nos incitan al seductor juego de la búsqueda, esperando nuestras preguntas, para mostrarnos sus respuestas. Y es que el bosque esconde muchas más figuras que las que Ibarrola dibujó. Tantas figuras como personas las observan, ya que interpretar es algo que sale en cada momento desde lo más profundo de nuestro interior.

 

     Rombo rectilíneo. En el bosque existen diversas series de obras en la que el artista juega con las curvas y contra curvas, formando elementos cóncavos y convexos que dan lugar a figuras tan interesantes como este rombo

  Curva, contra curva, concavidad, convexidad y plano. El bosque es un escenario clave en la cultura vasca y es el espacio que un día retó a Ibarrola, quien tuvo que “reflexionar” mucho para expresar sus lienzos sobre un fondo tridimensional y a la vez simbólico, un bosque de totems. Esta obra es una buena muestra del llamado Land Art, una corriente creativa de finales de 1970 que tuvo como objetivo trasladar el arte a la naturaleza, utilizando el propio paisaje como marco, soporte y materia prima para el artista.

   A modo de Equipo 57: Ibarrola eligió la zona alta del bosque para dibujar sobre un lienzo de 4 totems esta curiosa composición en homenaje al Equipo 57. Este es el grupo que junto a otros artistas relevantes como Jorge Duarte, Juan Serrano o Jorge Oteiza creó Agustín Ibarrola en el 1957, en Paris. Este grupo más tarde contó con la colaboración de otros artistas de gran calado como Nestor Basterretxea.
Contrarios al arte surrealista, individualista y tradicional defendían el trabajo en equipo, y buscaban el acercamiento del arte a la sociedad, al escenario cotidiano. En sus obras empleaban colores fuertes y de gran contraste, con los que buscaban representar la mezcla de la sociedad: las gentes, las lenguas, las costumbres, las clases… Como los colores que componen esta curiosa muestra de afecto, creada en 1998.

 

    El rayo atrapado, el rayo roto: Y es que un día de tormenta un RAYO cayó sobre el bosque y quedó atrapado entre los pinos. Desde entonces se encuentra dentro del bosque y surge y se desvanece a gusto de los visitantes. El rayo se presenta con un zigzagueo luminoso y luego desaparece y se desvanece entre los totems del bosque.

El arco iris de Naiel:  Nos encontramos ante la obra que mayor atracción ha generado dentro del bosque. Sea por su colorido, o por su composición, este ARCO IRIS, que lleva el nombre de uno de sus nietos, se ha convertido en la composición más fotografiada de Ibarrola.

"Mi madre me contaba que me llevaba en su vientre al monte, en la época en la que aitona comenzó a pintar el bosque" nos dice Naiel Ibarrola

 

arco iris desde el lado vertical

la pareja andando en rojo y en azul: El movimiento está presente en esta obra, donde las figuras corren como los seres dispersos en las manifestaciones.

 

El gigante rojo: Aparece de repente entre dos totems el gigante rojo, con txapela incluida. Un guiño al propio Ibarrola, siempre con txapela.

Ojos del pasado y del presente

El ojo grande: Nuestros antepasados nos acompañan gracias a LOS OJOS que Ibarrola trazó en una zona del bosque desde la que se puede observar la cueva de Santimamiñe. Son los ojos de nuestros orígenes que observan y esperan ser observados.

 

La vida tiene más ojos que yo aunque me cambie de sitio y multiplique mi visión. Ya llevaba 2 años trabajando en el bosque cuando en 1984 comenzó a pintar los numerosos ojos que forman estas composiciones.

Los Motoristas: El ruido de unas motos atrae la atención de las personas, del artista, de quien está visitando el lugar. Se acercan “los motoristas”. Así trazó Ibarrola esta curiosa figura, basándose en las personas visitantes que como su hijo se acercaban al bosque en moto.

Homenaje al Greco: Oteiza, Picasso, Málevich, El Greco... son algunos de los artistas que antes o después influyeron en la obra de Ibarrola. Algunos de ellos han recibido un pequeño homenaje en este espacio totémico, donde encontramos referencias al “minimal art”, al impresionismo, al cubismo... Curiosamente la última obra que Ibarrola pintó en el bosque, en el año 2000, recuerda las pinceladas con las que El Greco supo captar como nadie la luz del cielo, allá en el siglo XVI. 

 

Convivencia de las figuras y de las rayas del minimal: Entre los totems del bosque conviven en esta zona los “pequeños personajes” y las esenciales representaciones del “minimal art”.

  

La niña rosa: Es la niña de rosa el primer personaje que se nos presenta, dispuesta a entrar en el juego de búsqueda de las figuras. Ella observa mientras es observada.

Hay más niños de los que parece: Los niños y niñas juegan y son parte del juego. Se desplazan para formar una sola figura y se separan mostrándonos más criaturas de las que parece haber. Llevan más de 20 años en el bosque y nunca han dejado de ser lo que son.

 

Línea bidimensional rompiendo la ley de la perspectiva: Pintar una raya blanca, un círculo, unas curvas o un trazado en un lienzo es algo muy sencillo. Sin embargo, cuando el artista pretende plasmar una línea bidimensional sobre un espacio tridimensional las cosas se complican. Hay que invertir la perspectiva renacentista, plasmando los elementos de mayor tamaño al fondo y los menores al frente, para poderlos ver en un mismo plano. Así comenzó a bullir el arte en el bosque, con una primera obra que iba más allá que una simple RAYA BLANCA

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    El círculo: Sobre este escenario vivo las figuras recobran vida y lo que parece un simple CIRCULO se convierte de pronto en un HUECO, que nos atrae a lo más profundo del bosque.

 

El fuego rupestre: Calor, luz, protección frente a los depredadores… El fuego rupestre de nuestros antepasados quedó plasmado en las paredes de las cuevas e Ibarrola se encargó de traerlo al bosque, donde quedó perpetuado sobre aquellos 5 totems encargados de mantenerlo encendido hasta que sea avivado en la próxima restauración.

Evocación al mundo atómico del puntillismo: Al igual que lo hizo con otras vanguardias históricas como el impresionismo o el cubismo, Ibarrola quiso representar aquí la curiosa técnica del puntillismo. Como bien nos indica su nombre, se trata de pintar utilizando pequeños puntos, donde la luz y el color se expanden del suelo al cielo y del cielo al suelo.

Negativo -positivo en engranaje: Presencias y ausencias marcan esta obra, en la que los espacios y los vacíos cuadrados se combinan y encajan. De nuevo el uso de un solo color rotundo es suficiente para conseguir una gran fuerza expresiva: el rosa conecta los pinos de delante y de atrás y se agarra como si fuera una rueda dentada, formando un engranaje.

Saliendo del bosque hacia el barrio de Oma

 

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